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¿Cómo entienden el placer una neuropsicóloga y una practicante budista? Desde la ciencia y la espiritualidad, dos voces que lo exploran, lo cuestionan y nos invitan a pensarlo más allá de lo evidente.

¿Consideran que el deseo y el placer son necesidades humanas esenciales?

María Fernanda Ochoa, neuropsicóloga

Sí, totalmente. El deseo y el placer son mecanismos biológicos con raíces evolutivas, una herencia que compartimos con otros animales. Nos orientan hacia lo que necesitamos para vivir y desarrollarnos. El deseo nos impulsa a actuar, y el placer nos indica que algo fue valioso o beneficioso, como un reforzador de la conducta. Comer, explorar, vincularnos o protegernos se fortalecen cuando generan placer. Todo esto está mediado por sistemas cerebrales que regulan la motivación y el aprendizaje. No es un lujo, sino una parte esencial del funcionamiento humano.

Johana Castaño, psicóloga y practicante budista

El deseo y el placer pueden ser esenciales, especialmente en contextos como la depresión, donde su ausencia puede apagar el impulso de vivir. En ese sentido, funcionan como nutrientes que dan fuerza para continuar. Sin embargo, cuando se convierten en un fin en sí mismos y no en un medio, pueden volverse una «cárcel» que condiciona decisiones, aspiraciones y sentido de vida. La búsqueda constante de placer, sin dirección o coherencia con lo verdaderamente importante, puede alejarnos de lo esencial y dejar sin cultivar aquello que da profundidad y valor a nuestra existencia.

¿Creen que el placer puede ser una forma de sabiduría o una forma de distracción?

María Fernanda Ochoa, neuropsicóloga

Ambas cosas son posibles. El placer no tiene carga moral, es solo una señal del cerebro para guiar nuestras decisiones. En contextos saludables, puede ser una forma de sabiduría corporal y emocional que nos orienta hacia lo que nos hace bien, nos conecta, nos sostiene. Aprendemos a través del placer, elegimos mejor y fortalecemos vínculos. Pero cuando el sistema de recompensa se activa de forma automática o desregulada, como en adicciones o compulsiones, el placer puede volverse una evasión. Deja de ser guía y se convierte en ruido.

Johana Castaño, psicóloga y practicante budista

La sociedad nos ha enseñado que experimentar placer—viajar, comprar, comer— equivale a ser felices, y que debemos evitar rápidamente lo difícil o doloroso. Esto puede llevarnos a usar el placer como escape, lo que deriva en una búsqueda constante que termina en distracción o adicción. Aunque el placer no carece de valor, no es la solución al malestar si se usa sin conciencia. Puede ser útil como una «piedrita en el océano»: un descanso momentáneo que nos permite seguir. El problema surge cuando nos quedamos ahí, sin avanzar hacia lo que realmente da sentido a la vida.

¿Cómo definen y experimentan el placer desde su mirada?

María Fernanda Ochoa, neuropsicóloga

El placer se produce cuando se activa el sistema de recompensa del cerebro, que indica que una experiencia fue positiva y beneficiosa para el organismo. En ese momento, se liberan neurotransmisores, principalmente dopamina, que generan la sensación de placer. El cerebro recuerda esa sensación y busca repetirla, activando una y otra vez el mismo circuito. Ese placer puede venir de fuentes básicas como comer o descansar, pero también de experiencias subjetivas, emocionales o simbólicas. Por eso, un mismo estímulo, como una canción, puede producir un gran placer en una persona y rechazo en otra, aunque se active el mismo sistema.

Johana Castaño, psicóloga y practicante budista

No se trata solo de buscar placer, sino de realizar actividades con sentido personal, que nutran una vida valiosa. El placer no es el fin, sino un recurso entre otros. La verdadera libertad radica en habitar el presente con apertura y aceptación, independientemente de si la experiencia es placentera o no, cultivando una relación más consciente con la vida.

¿Qué rol cumple el cuerpo en su concepción del placer?

María Fernanda Ochoa, neuropsicóloga

El cuerpo no es solo receptor del placer, sino parte activa en su construcción. A través del tacto, el olfato, el gusto, el movimiento o la respiración, envía señales que activan el sistema de recompensa en el cerebro. Este, a su vez, libera sustancias como endorfinas, oxitocina o serotonina, lo que refuerza la sensación de bienestar. Es una doble vía. Esto ocurre tanto en placeres básicos, como comer o descansar, como en otros más complejos: bailar, abrazar, escuchar música. El placer es una experiencia encarnada: el cuerpo lo interpreta, lo amplifica e incluso lo anticipa. Ignorarlo sería desconocer cómo sentimos.

Johana Castaño, psicóloga y practicante budista

Todos nuestros sentidos, que residen en el cuerpo, podemos reconocerlos como medios a través de los cuales experimentamos placer, también podemos reconocer que no todo lo que nos produce placer conlleva al bienestar y lejos de este puede convertirse en una necesidad insaciable. Sentir, experimentar, conocer, probar: ¡una total maravilla! Acercarnos a esto sin la avidez y con la sabiduría de que todo lo que nos genera placer es impermanente al igual que mi relación con ello, puede conducirnos a un disfrute sin aferramiento, sin ansias y sin la ilusión de que siempre estará allí o que conduce a la felicidad.

¿Hacia dónde creen que evolucionará nuestra relación con el placer en el futuro?

María Fernanda Ochoa, neuropsicóloga

Por los cambios sociotecnológicos, hoy accedemos más fácil y rápido a estímulos gratificantes. El sistema de recompensa no distingue si son naturales o artificiales, simplemente responde a lo que activa la dopamina. Eso puede sobreestimularlo y alterar su regulación. Vemos más dificultad para sostener la atención, esperar o disfrutar placeres lentos. Mira TikTok: cada 30 segundos hay un estímulo, eso impacta mucho. Pero no todo es pesimista: el cerebro se recablea. Podemos aprender a equilibrar la gratificación inmediata con placeres que toman tiempo, esfuerzo y conexión. Así diseñamos entornos más saludables para relacionarnos mejor con el placer.

Johana Castaño, psicóloga y practicante budista

Muchos avances tecnológicos, modelos educativos y enfoques terapéuticos buscan que las personas experimenten placer. Sin embargo, cuando se evita constantemente el dolor, se da mayor malestar emocional y desconexión con uno mismo. Biológicamente buscamos lo agradable, pero la negación del sufrimiento impide una relación saludable con nuestras emociones.

¿Existe una medida del placer? ¿Cómo se sabe cuándo basta?

María Fernanda Ochoa, neuropsicóloga

El placer es una experiencia muy subjetiva, así que no hay una medida exacta ni universal. Sin embargo, está regulado por el cerebro a través de mecanismos de saciedad y equilibrio. Biológicamente, todos los organismos buscan la homeostasis, es decir, estados de estabilidad para funcionar bien y conservar energía. Por eso, mantener una estimulación placentera prolongada no es viable. Si el sistema de recompensa se activa sin descanso, pierde sensibilidad, libera menos dopamina y necesita más estímulo para el mismo efecto. Eso se llama habituación o tolerancia, y en condiciones sanas se traduce en señales como fatiga o pérdida de interés.

Johana Castaño, psicóloga y practicante budista

La búsqueda del placer puede asemejarse a un caballo que persigue una zanahoria atada a su frente: nunca la alcanza. Así, perseguir el placer con la esperanza de sentirnos felices o satisfechos puede esclavizarnos y alejarnos de lo que es realmente valioso. La sabiduría nos permite distinguir entre disfrute y dependencia, y reconocer cómo el deseo constante por «lo siguiente» impide habitar el presente, perpetuando una insatisfacción que solo cesa al dejar de desear.

¿Consideras el placer una necesidad?

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